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La emoción se puede considerar como la fuente de poder que nos guía hacia delante en nuestras metas en la vida.

Mediante la energía de nuestra emoción alimentamos nuestros pensamientos para hacerlos realidad.

Sin embargo, este poder de la emoción por sí solo puede desperdigarse y perder el rumbo.

El pensamiento confiere una dirección a nuestras emociones, y éstas inyectan vida en la imagen producida por nuestros pensamientos.

Las tradiciones antiguas sugieren que somos capaces de tener dos emociones primarias.

Quizás para ser más exactos, podríamos decir que a lo largo de nuestras vidas experimentamos varias condiciones que se resuelven en una sola emoción.

El amor es un extremo de esas condiciones.

Cualquier cosa que creamos que se opone al amor es el segundo extremo, con frecuencia definido como miedo.

La calidad de nuestra emoción determina cómo se expresará esta.

La emoción, unas veces fluyendo y otras alojada en los tejidos de nuestro cuerpo, está íntimamente relacionada con el deseo, que es la fuerza que conduce a nuestra imaginación a una resolución. 

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